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1/14/2012

Armenia, los azeríes y el Fuerte de Ereván

La reincidente expresión del delirio azerí y el Fuerte de Ereván
Editorial de "Hayern Aysor"
Una nueva tergiversación azerí pretende ignorar en una web con su reincidente delirio seudocientífico el acto fundacional del Rey Arkishti de Erepuní, en el año 780 Antes de Cristo, adjudicándole origen azerí a un fuerte construido siglos después en los años 1580-1582 durante la ocupación de Ereván por el ejército del Shah de Persia. Luego agregan que “400 años después, los armenios, estableciéndose sobre tierras azeríes, le dieron al río un nombre armenio, Hrazdán”. ¿También ante este nuevo delirio de Bakú los armenios funcionarios y los nativos de Ereván no dirán en Buenos Aires que esta boca es mía? Lea y reflexione sobre la denuncia que se publicó en la publicación “Hayern Aysor” del Ministerio de la Diáspora.
Recientemente los bloggers azeríes han creado un nuevo sitio: erevangala500.com  y por ese medio, recordar el 500° aniversario de la creación del fuerte de Ereván. Pareciera –y exteriormente debería sorprendernos-, que el gobierno azerí se ha alejado de la xenofobia y esté contento para que hayan sido ellos los primeros en recordar el aniversario de la destrucción de aquel fuerte maldito, ocurrida en 1827. Sin embargo, en realidad, los azeríes nuevamente se ocupan de distorsionar la historia y de apropiarse del patrimonio ajeno.
En este caso, ellos consideran como propio el fuerte y la ciudad de Ereván. En esa web han ubicado una obra de Franz Rubeau (quien es famoso, sobre todo, por su “Batalla de Borodino”), reproduciendo la ocupación del fuerte de Ereván el 1° de octubre de 1827. Junto a esa obra, han escrito “Frente a ustedes, la obra del pintor ruso “La ocupación del fuerte de Ereván, 1° de octubre de 1827”.
Hoy se ha vuelto la prueba artística de aquella historia, dado que se ha presentado el fuerte de Ereván, con las cúpulas de las mezquitas y gente con indumentaria oriental. Esto es una prueba indiscutible de que el fuerte de Ereván no ha pertenecido, no a los armenios, sino a los musulmanes, más precisamente, a los azerbeijanos. Hasta la creación del janato de Ereván, se encontraba en Armenia uno de los cuatro beleirbekatos de la dinastía Sefe de Chujur Saad. En 1504, el shah Ismail, de los Sefe, resolvió construir para el general Revancul, una fortaleza en ese territorio. El fuerte se construyó en el lapso de siete años, en un acantilado rocoso del río Zang. 400 años después, los armenios, estableciéndose sobre tierras azeríes, le dieron al río un nombre armenio, Hrazdán y al fuerte lo denominaron con el nombre del Revancul Jan: Reván, y luego, lo denominaron Ereván. La ciudad se hizo famosa por sus minaretes. En el fuerte había ocho mezquitas, 800 casas y vivían allí, exclusivamente, azerbaijanos.
El que lee todo esto puede aterrorizarse pensando en el grado de delirio al que llegó este pueblo, que se adjudica a él la historia de otros, consideran a Ereván una ciudad azerbeijana de origen, por la cual los armenios han cometido “vandalismo”… ¿Dónde estaban los azeríes hace quinientos años? Muchos lo saben: una tribu nómade que formaba parte de la etnia de los turcos y acerca de la cual existen registros solamente en el siglo XIX, como tártaros caucásicos. En 1918, la tribu se transformó en una masa con Estado.
El fuerte de Ereván fue construido por príncipes persas que ocuparon Armenia, quienes naturalmente, no podían ser azerbaijanos. Considerando el fuerte como una de las obras cumbre de la arquitectura medieval azerbaijana. Los azeríes, de hecho, están apropiándose de la cultura e historia persa, haciendo así, piratería histórica. Por supuesto, nosotros conocemos nuestra historia. La saben también muchos expertos del Cáucaso y cualquier apropiación azerbaijana  puede ser considerada risible. Sin embargo, hoy resulta imperativa la impugnación oficial de todo esto, la refutación de la inmoralidad histórica azerí en las tribunas  internacionales, ya que intentando crear la historia de su propio pueblo, ese país se apropia de todo lo que pertenece a otros países de la región.
A todo esto, se suma la reciente declaración de Ilham Aliev, acerca de que el “retorno” de las tierras de Karabagh por medios bélicos, corresponde a los estatutos de la Organización de las Naciones Unidas. Por lo tanto, tenemos que ocuparnos de un fenómeno extraordinario, acerca del cual el mundo no desea manifestarse. Mientras todo esto, puede tener secuelas y perjudicar tanto a nuestra historia e identidad, como a la inviolabilidad de nuestras fronteras. Es tiempo de que agrupándonos, también con la potencialidad científica y política de la Diáspora, los círculos científicos de Armenia, se manifiesten con declaraciones multidisciplinarias para denunciar, de esta manera, la piratería histórica y la distorsión de la realidad que practican los azerbeijanos.
Levón Mutafian
Diciembre de 2011 ; “Hayern aysor”
Publicación del Ministerio de la Diáspora de Armenia


1/24/2011

La visita de Cristina : El "camino argentino" para Turquía


El verdadero rostro de Ankara
La gira de la presidenta Cristina Fernández a Medio Oriente, de acuerdo a las expectativas manifestadas desde la Cancillería argentina, promete convertirse en una oportunidad para profundizar relaciones y abrir nuevos mercados. Se ha puesto énfasis en las relaciones económicas, y no es para menos, desde el momento que acompaña a la presidenta un nutrido grupo que representa a las principales empresas del país. Por supuesto, el establecimiento de relaciones comerciales lleva consigo la necesidad casi obligada de conocer a la otra parte, regla básica y de sentido común que contribuye a construir un intercambio seguro y confiable.
En ese sentido, cabe centrar la atención en Turquía, cuyo Primer Ministro canceló su visita a la Argentina ofuscado ante la negativa de hacer ofrendas a su líder Mustafá Kemal, símbolo de la política de negación del genocidio de los armenios. La actitud del primer ministro Erdogan es un botón de muestra de los modos como Turquía subordina las relaciones comerciales a su turbulenta política exterior.
La política de negación del Genocidio de los armenios de 1915-1923 que lleva a cabo el Estado turco, denota fallas profundas en el esfuerzo de democratización que el Partido de Justicia y Desarrollo (AKP en sus siglas en turco), en el poder desde 2002, pretende realizar en el sistema político de Turquía creado por Mustafá Kemal (Atatürk).
Desde Kemal, la negación del genocidio de los armenios es una política que todos los gobiernos sin excepción llevaron adelante. Un mandato genético, si consideramos que la reorganización de la sociedad turca se hizo a partir de una política de homogeneización de la población, una de cuyas consecuencias fue el genocidio de los armenios, considerados una etnia inasimilable para los líderes xenófobos del Imperio Otomano, razón por la cual debía ser exterminada.
En esa política de homogeneización de la población, el exterminio de los armenios no ha sido lo único; también fueron aniquilados los griegos del Ponto y gran parte de los asirios. Los kurdos, la minoría más grande de Turquía, que constituye el 20% de la población, han sido sistemáticamente ignorados en sus derechos. Perseguidos, estigmatizados, masacrados, y su identidad negada al punto de denominarlos “turcos de la montaña”.
La tergiversación histórica promovida desde el aparato estatal ha conducido a idear la tesis de una “historia oficial” que sitúa a los turcos como un pueblo originario de Anatolia, descendiente de los hititas, cuando se sabe que los turcos selyúcidas provenientes de Asia Central invadieron Asia Menor a sangre y fuego a finales del siglo X.
En la necesidad de sostener esa política de negación, el Estado creó instituciones y leyes para restringir toda posibilidad de revelar la verdad, en especial el artículo 301 del código penal que criminaliza toda expresión considerada una “ofensa” a la identidad turca. Así, se limitó la libertad de expresión, de prensa, de religión y surgieron los aparatos judiciales y policiales represivos para imponer ese “orden”. Cuando esas herramientas no alcanzaron para detener la verdad, siempre acompañaron los métodos ilegales; asesinatos de periodistas, de religiosos y de ciudadanos, persecuciones y proscripciones, amenazas y torturas, todas al servicio de sostener la “historia oficial”.
Y como los límites de la República no fueron suficientes para contener la mentira, hubo que exportar la política de negación, buscar aliados y cómplices que por intereses políticos o económicos hicieran la vista gorda.
La sociedad argentina ha padecido en carne propia las prácticas genocidas, la planificación estatal de asesinatos, torturas, apropiación de menores, sustitución de identidades y los intentos de negar y ocultar la verdad. Con avances y retrocesos, una sociedad encabezada por el coraje y la persistente labor de las organizaciones de derechos humanos ha encausado la lucha contra la impunidad. También, gobiernos que asumieron el desafío y desde el Estado Nacional dieron respuesta a tanta injusticia, primero pidiendo perdón y asumiendo la responsabilidad por los daños causados y luego reparando. Sin dudas el camino argentino, es propio, una construcción genuina que puede ser un ejemplo aún para aquellos que se consideran, no sé por qué, civilizaciones y culturas de avanzada.
En esta sociedad argentina, que durante el gobierno del presidente Néstor Kirchner reconoció el Genocidio de los armenios a través de la ley 26.199, hecho histórico altamente valorado por la comunidad y los armenios de todo el mundo, hubo un intento de reinstalar la negación. El intento de inaugurar un busto en homenaje a Mustafá Kemal en un espacio público de Buenos Aires con motivo de la llegada de la visita oficial al país del primer ministro turco Erdogan en mayo del año pasado, era nada más ni nada menos que eso.
Los armenios y sus descendientes, ven en Kemal al continuador del Genocidio iniciado por los Jóvenes Turcos, de cuyo gobierno formó parte a la hora de decidir el involucramiento del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial y la planificación del exterminio de los armenios, y, sobre todo, al inaugurador de la política de negación que comenzó con la anulación de los juicios a los responsables del crimen de lesa humanidad.
No fue la comunidad armenia,  como lo reflejaron algunos medios, la responsable de frustrar la visita de Erdogan; fueron ciudadanos argentinos, algunos funcionarios, otros legisladores, otros periodistas, muchos que no son descendientes de armenios, que conocen la historia y algo han aprendido “del camino argentino”. Era por la memoria, la verdad y la justicia, nada menos que por eso.
Turquía es un país que cada vez más quiere ser protagonista en el escenario mundial. Tiene el potencial humano y económico, está en un lugar geoestratégico que le da licencias para hacer y decir aquello que en otros sería condenable, como es ser aliado del presidente sudanés Al Bashir, venderle armas y defenderlo a pesar de que la Corte Penal Internacional lo procesó por crímenes de guerra y de lesa humanidad; mantener ocupado el norte de Chipre desde 1974; o mantener bloqueadas las fronteras con Armenia por diecisiete años.
El potencial económico le ha permitido a Turquía formular y aplicar exitosamente una política global; al mismo tiempo, sin embargo, todo ese potencial contrasta con una enorme deuda interna, un agujero negro en materia de Derechos Humanos, una sociedad que se debe a sí misma afrontar la verdad de su historia.
En esta materia, Turquía tiene algo que aprender del “camino argentino”. La visita de la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner no debe ser solo una oportunidad de intercambio comercial, quizás también sea la oportunidad de exportar algunos valores que están haciendo grande y diferente a nuestro país.
Jorge Dolmadjian
Director del Consejo Nacional Armenio de Sudamérica

El poder de las redes

El Poder De Las Redes

From: marioenrique, 1 hour ago