4/16/2008

Menem y Tinelli









Marcelo Tinelli y Carlos Menem.




Por Laura Etcharren, especial para Agencia NOVA. Socióloga, analista de medios de comunicación y especialista en la problemática de Las Maras. E-Mail: laurieret@gmail.com. Web: http://www.sociedadymedios.blogspot.com/

El lunes a la noche, como se venía anunciando desde hace dos semanas, regresó Marcelo Hugo a la pantalla chica con su programa “Show Match” y a estrenar el formato de Bailando por un Sueño 2008. Baile que logró revertir lo que muchos creían, el final de la era Tinelli.

Cuestionado y criticado por varios periodistas que boicotean el medio para el cual trabajan, Tinelli transita por la televisión de manera soberbia y jactanciosa.

Soberbia porque siempre que algo no funciona como esperaba le encuentra la vuelta para salir airoso. Y jactancioso, como consecuencia de esa tendencia sostenida a la conversión de un posible fracaso en éxito.

Un hombre que ha sabido acomodarse a los ciclos televisivos para hacer de su programa un gran show que carece de cultura, buenas costumbres y modales.

Un despliegue de música, luces y sonidos en el que predominan los grotescos, los escándalos de la tarde trasladados a la noche y los conflictos entre los miembros de los jurados y de alguno de ellos con los participantes. En eso encontró, la fórmula de los deseados dos dígitos.

Mientras la producción se encargaba de vender el programa con imágenes, avances y escándalos vulgares; la sociedad de consumo se dedicó a comprar con el encendido y también, con el boca en boca a través del me dijo, le dije, le digo.

De ese modo, los televidentes fueron funcionales al animador creando una atmósfera de curiosidad que no escapó a la vorágine del zapping televisivo. Curiosos negadores se detienen apenas unos segundos a ver un programa literalmente masivo que produce el horror de los intelectuales en pose de contractura.

Bajo estas característica, Tinelli terminó de unirse a la señora Moria Casan y a la señora Susana Giménez para conformar un trío de teflón.

Ellas, son dos mujeres a las cuales ningún escándalo personal o público se les pega. Quedan, simplemente, en el archivo de los recuerdos en vista de que las dos divas le dan al público lo que éste último desea consumir: divertimento, distensión y horas de escapismo frente a los imponderables de la vida cotidiana.

Con el conductor cuervo sucede lo mismo. Poco mediático cuando no está en su programa y con una imagen de padre de familia, a Tinelli, lo ven hasta los hijos de los colegas que no lo quieren y todo le pasa por al lado. Y como es el número uno de la TV, pegarle, es atractivo.

Fundamentalmente, en el contexto de una Argentina en la cual, el éxito, no se perdona. Entonces, los sujetos que se encuentran en la cruzada de intelectualizar nuestra televisión, arremeten contra el conductor denostando los formatos que elige y que son legitimados por la audiencia. Formatos, por ende, redituables económicamente.

Veamos, en una nota publicada hoy 14 de abril en el Diario Crítica, titulada “Transgresores, es decir, conservadores” y escrita por Pablo Alabarces aparece una evaluación de cierta incompatibilidad entre la popularidad y lo económico. Pues esa sería, una de las tantas lecturas que puede hacerse del artículo.

Ahora bien, para argumentar dicha posición, las figuras de Carlos Menem, Mario Pergolini y Marcelo Tinelli se postulan en el panóptico periodístico que considera a éste último como a uno de los grandes transgresores emergentes de la década del ’90.

“(…) es que la presunta trasgresión de ambos es nuevamente menemista. Es decir, conservadora y repetitiva: una trasgresión que le apunta a un sistema moral inocuo, desgastado por su propio anacronismo, mientras deja intacto lo crucial (“es la economía, estúpido”)”.

Lo ubican al hombre que declaró que le encantaría tener a Florencia Kirchner en algunos de los formatos que maneja, en un lugar de escasa originalidad que solo tuvo éxito por la desmesura.

No se considera, que ese solo calificativo nunca puede ser sinónimo de éxito. Tal es así, que Pergolini es desmesurado y consumido pero adolece de algo que tanto Menem como Tinelli poseen: la composición del carisma. Un carisma que los convirtió en líderes.

Al político durante una década y de no haberse bajado en la segunda vuelta con Kirchner, tal vez, durante cuatro años más. Al conductor animador durante más de diez años de sostenido crecimiento no solo por su presencia sino también, en cualquiera de sus variantes.

Una presencia que le ha otorgado a su producto ingredientes atractivos que solo él puede explotar por su innata condición de líder de la Caja de Pandora.

No inventó nada, por supuesto. No obstante, “Show Match” no sería lo que es sin él. Él, que solamente se dedicó a recrear mediante la explotación de su figura y del sentimiento de pertenencia que los televidentes experimentan para con su estilo y sus contenidos apenas reinventados en un mundo televisivo que no buscaba ni busca impartir cultura. Por ende, tampoco cultivar intelectos.

Razón por la cual, en el caso de Tinelli la palabra trasgresor no es acertada, tampoco en el caso de Menem.

Ellos, en sus diferentes campos de acción se valieron del consumo y la elección colectiva. Y la derecha popular, no les dio la espalda.

Aprovecharon lo que a otros les funcionó y lo pusieron en práctica exaltando su natural carisma en las etapas correspondientes. Carisma que puede o no gustar pero que es imposible de negar.

Menem se valió del populismo en su retórica y Tinelli de los bloopers y los chistes chabacanos para alcanzar la cima. Administraron las reglas del juego.

Las consecuencias, forman parte de otra discusión que debe darse en otro marco distinto, puesto que la mediatización de la política no solo ha sido la herramienta de batalla y/o burla del muchacho que aún con dinero, fama y poder, no ha perdido la esencia de su natal Bolívar.

Lo mediático, en esta sociedad moderna y contemporánea no es más que uno de los tantos efectos de la globalización y del voyeurismo imperante.

Fuente: Agencia Nova

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